domingo, enero 30, 2011

De cómo abrirte camino hacia la plenitud.

Vivir solo tiene sus ventajas y desventajas, sus altos y sus bajos, pero por sobre todo, tiene un constante devenir de aventuras y desafíos. Desde el solo hecho de cocinarte y lavarte la ropa hasta simplemente pasar la escoba cada tanto, cuando vivís solo tenés que aprender a valerte por tu cuenta y a resolver los más complejos enigmas, como el que me gustaría debatir a continuación.
Por suerte no es algo que me haya pasado aún pero sí es algo que temo que ocurra, considerando que realmente, por más que lo piense, no sabría cómo actuar en dicho caso. Me estoy refiriendo a la siguiente situación, y permítanme ilustrarla:
Martes, 22:12hs, solo en casa por supuesto. El estómago pica, los mosquitos rugen, o viceversa. Ante la falta usual de comida hecha, y las flojera más usual de cocinar, uno empieza a tantear "lo que hay" y a activar su imaginación para ver qué sale de eso.
Un poco de Por Salut, dos tomates, un poco de arroz de ayer, y una lata de arvejas.
Abrimos el cajón de los cubiertos, sacamos el abrelatas y clavamos la punta en las conservas. Le damos la primer vuelta a la manija y notamos, con horror, que ésta queda en nuestras manos.
Se rompió el abrelatas.
¿Qué hacemos en esta situación? Esa es la intriga que me atormenta desde hace tres noches cuando noté que el filo vacilaba y me decía "por esta vez pasa, eh, pero... cuidadito!". ¿Cómo se puede seguir adelante con la vida cuando el abrelatas se te rompe? La lata ya está un toque abierta, no se puede volver a guardar, hay que terminar el trabajo, ¿o dónde escuchó usted hablar de alguien que haya dejado una lata de arvejas a medio abrir? O se abre, o no se abre, pero así no se puede dejar.
¿Qué hacemos? ¿Cuchillo, tenedor, martillo, taladro? ¡Nada de eso sirve! Solo existe un dispositivo en el mundo capaz de abrir una lata, y es el abrelatas. El abrelatas tiene un solo objetivo en la vida -con excepción de esos que traen destapador en la punta- y éste es abrir la lata. Y la lata, sabiendo esto, solo se deja abrir por él, para darle un sentido a su vida. Entonces, si nos quedamos sin abrelatas, nos quedamos sin arvejas. Y sin arvejas la ensalada ya no está completa, y eso... eso, mis amigos, es lo que más temo de mi convivencia conmigo mismo.

Desde el estante, los porotos me miran con desconfianza. Desde el cajón, el abrelatas me guiña su filoso ojo, y si me acerco lo puedo escuchar susurrar: "portate bien, Pablito... portate bien".